PERFIL: Viktor Orbán, el polémico ultranacionalista que ha transformado la política europea
Para la mayor parte de la clase política europea, Orbán es, en el mejor de los casos, una bestia negra y, en el peor, un traidor: un líder que antepone sus intereses a los de la UE y a su «orden basado en normas» de tratados, convenios y precedentes establecidos por un consenso que en su día fue armonioso entre los líderes en una mesa de negociaciones en Bruselas.
Budapest (Euractiv.com) – El polémico primer ministro húngaro, Viktor Orbán (Fidesz/Patriotas por Europa), que este domingo se enfrenta a su mayor reto con las urnas, no solo ha reescrito el guion de la política en su país, sino que ha transformado el tablero europeo, como nuevo ariete de un patriotismo, popular y conservador, para poner contra las cuerdas el orden liberal emanado de la posguerra hasta ahora en vigor.
Las elecciones de este domingo en Hungría serán algo más que un referendo encubierto sobre la gestión de Orbán. Por encima de todo, serán un acontecimiento histórico con una relevancia que trasciende con creces las fronteras del país centroeuropeo, con efectos políticos colaterales que van desde la Casa Blanca hasta el Kremlin.
Su futuro pende de un hilo, tras una campaña dominada por acusaciones de juego sucio, supuesta injerencia extranjera —desde Bruselas hasta Moscú, Kiev y Washington— y corrupción.
Una muestra de su importancia es el apoyo incondicional que ha recibido del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El líder republicano, que obtuvo el respaldo de Orbán desde antes de su primer mandato, lo ha presentado a él y a los «partidos europeos patriotas» (entre ellos VOX, que también integra el grupo europeo de Patriotas por Europa) como un baluarte civilizatorio para Europa.
Una derrota de Orbán supondría un revés político para Trump, que necesita su éxito casi tanto como el líder húngaro depende del respaldo estadounidense para demostrar que ni él ni Hungría están aislados.
«El fin del fin de la historia»: ¿el gran traidor?
Orbán, de 62 años, desempeñó un papel destacado en Hungría durante la caída de la Unión Soviética, y su estrella ascendió en lo que el teórico político estadounidense Francis Fukuyama denominó «El fin de la historia».
A diferencia de otros líderes postsoviéticos —en particular la alemana Angela Merkel (CDU/PPE) con su doctrina «alternativlos», o «sin alternativa»—, Orbán fue más allá de la idea de que las instituciones liberales occidentales representaban un destino final.
Ha personificado lo que podría denominarse «el fin del fin de la historia», proponiendo alternativas a una Unión Europea (UE) y a un orden mundial que, en su opinión, son indiferentes u hostiles a los valores —a menudo conservadores y arraigados en la tradición— de muchas sociedades europeas.
Orbán suele decir que «nuestro mejor amigo y aliado es la realidad», al tiempo que señala el apoyo popular a su programa, desde la lucha contra la migración irregular hasta la defensa de las estructuras familiares tradicionales, en contraste con los partidos de centro que, según él, se han alejado de los votantes.
Una característica definitoria de sus 16 años en el poder (en los cuales ocupó el cargo de forma ininterrumpida, un récord para cualquier líder europeo en activo, salvo el hombre fuerte bielorruso Alexander Lukashenko) ha sido su disposición a desafiar la opinión dominante, en cuestiones que van desde los refugiados y los derechos de las personas transgénero hasta la financiación de las ONG y la creación de un Estado palestino, que es la base de la cultura común de las «élites bienpensantes» de toda Europa.
Una figura destacada de Fidesz, que Orbán cofundó, considera que esa es su ventaja política. Muchos húngaros, incluso aquellos a quienes no les agrada, se unen a su causa cuando es criticado por líderes europeos como el presidente francés, Emmanuel Macron, la ex canciler alemana, Angela Merkel, o la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (CDU/PPE).
Para la mayor parte de la clase política europea, Orbán es, en el mejor de los casos, una bestia negra y, en el peor, un traidor: un líder que antepone sus intereses a los de la UE y a su «orden basado en normas» de tratados, convenios y precedentes establecidos por un consenso que en su día fue armonioso entre los líderes en una mesa de negociaciones en Bruselas.
Sin embargo, un ex líder europeo y figura destacada de la UE, que ha tenido numerosos encuentros con el primer ministro húngaro en cumbres acaloradas, insta a no convertirlo en chivo expiatorio del malestar generalizado de Europa. Culpar a Orbán, argumenta, es una evasión de responsabilidad por parte de líderes que no están dispuestos a afrontar sus propios fracasos, y por parte de una Comisión Europea que ha sobrepasado su mandato.
La misma fuente señala que Orbán es siempre cortés y respetuoso en sus intercambios, incluso con sus críticos y rivales. Algo inusual en un líder de la UE. También es un intelectual fascinado por la historia y la geopolítica que recomienda libros en las cumbres de la UE, afirma la misma fuente.
Son precisamente su solemnidad y su trayectoria —como disidente anticomunista en su día aclamado por los liberales— las que alimentan la sensación de traición entre sus críticos, dada su disposición a desafiar normas institucionales como la independencia judicial y la autonomía del banco central, así como el consenso progresista occidental en materia de inmigración y política social.
Un giro hacia Rusia
En su juventud, Orbán destacó como un prometedor estudiante disidente, reclamando con valentía la celebración de elecciones y la retirada de las tropas rusas antes de emerger, con su movimiento Fidesz, como el nuevo rostro húngaro de la Europa libre.
Su camino hacia la cima fue accidentado. Tras la victoria de 1998 y la derrota de 2002 a manos de Ferenc Gyurcsány, un ex comunista convertido en socialista europeo convencional, Orbán adoptó un enfoque más radical, descartando los tópicos de la política convencional del «fin de la historia».
Lo más destacable de su trayectoria política, forjada por él mismo, fue su cambio de la tradicional hostilidad de Hungría hacia Rusia —moldeada por el comunismo, el levantamiento de 1956 y la ocupación soviética— a una gran cercanía con el presidente ruso, Vladimir Putin.
Ese giro, que surgió alrededor de 2009 y nunca se ha explicado plenamente desde el punto de vista ideológico, aunque se relaciona en gran medida con la dependencia energética, es uno de los temas centrales de estas elecciones. Unas transcripciones filtradas de conversaciones apuntan a una relación inusualmente estrecha, incluso deferente, entre el Gobierno de Orbán y Moscú.
Putin, nostálgico del poder de la antigua Unión Soviética y de su influencia sobre países como Hungría, se dirige a Orbán utilizando el tuteo informal ruso «ty», similar al uso del nombre de pila, en lugar del tratamiento más formal «vy».
Han reaparecido en las paredes grafitis con el eslogan de 1956 «Ruszkik haza!» —«¡Rusos, a casa!»—, y los partidarios de la oposición lo han coreado en los mítines de Fidesz. La relación de Orbán con Putin, calificada de traición por el líder de la oposición Péter Magyar —que podría ganar este domingo—, se ha convertido en un tema definitorio de la campaña, sobre todo porque el líder húngaro ha intensificado su retórica contra la vecina Ucrania tras la invasión rusa de 2022. En los últimos meses, Kiev ha sustituido a Bruselas y a la UE como su chivo expiatorio.
Otros restan importancia a eso. Un ex líder europeo señaló que, en privado, Orbán es muy consciente de la amenaza para la seguridad que Rusia supone tanto para Hungría como para Europa.
A pesar de ello, el acercamiento a Rusia podría convertirse en una debilidad para Orbán, que se suma al cansancio tras 16 años en el poder y a un círculo íntimo cada vez más reducido —especialmente tras el indulto de 2024 en un caso de pedofilia que obligó a dimitir a la presidenta de Hungría, Katalin Novák, y a la exministra de Justicia Judit Varga, que acababa de ser nombrada para dirigir su campaña electoral para la UE.
Varga, que en su día fue una figura destacada del Fidesz, es la exesposa de Magyar, quien se vio empujado a la oposición a raíz del escándalo. Su exmarido, forjado en el crisol del declive del Fidesz, es ahora el rival más serio de Orbán desde 2010.
Perder el contacto con la realidad
Un veterano conservador húngaro, que conoce a Orbán desde sus días como disidentes en la década de 1980, cree que este ha perdido el contacto con la realidad a medida que se ha consolidado el poder y se ha reducido su círculo más cercano. «Se ha vuelto loco», afirmó. «No tengo ni idea de cómo puede pensar que institucionalizar la corrupción es una buena estrategia», agrega la fuente.
El auge de los oligarcas y empresarios cercanos a Orbán ha sido una característica definitoria de la última década y es cada vez más visible.
Los emblemas de este nuevo orden económico, a pesar de los esfuerzos por mantener bajos los precios de la energía y los alimentos y altos los salarios, son la nueva élite adinerada del país.
Entre ellos se encuentra Lőrinc Mészáros, un amigo de la infancia y antiguo alcalde de su pueblo, que se ha convertido en el hombre más rico de Hungría y que en una ocasión bromeó diciendo que debía su éxito a «Dios, la buena suerte y Viktor Orbán».
Otro es su yerno, István Tiborcz, casado con la hija mayor de Orbán, Ráhel, cuyos negocios —incluidos contratos públicos y proyectos financiados por la UE— se han convertido en un símbolo para los críticos del supuesto amiguismo.
«¿De verdad tiene que convertirse su hija en multimillonaria para salvar a Hungría?», preguntó el veterano conservador, una pregunta que a menudo repiten otros.
En el pasado, la popularidad personal de Orbán ha superado a menudo la de su partido o su círculo más cercano. A pesar de todo, conserva una reputación de accesibilidad y facilidad para conversar, especialmente sobre fútbol y política. «Su punto fuerte es su capacidad camaleónica», afirmó un observador. «Es capaz de encontrar puntos en común con cualquiera y presentar sus ideas exactamente al nivel adecuado», afirma.
Su mayor obstáculo en los próximos días puede que no sea el oprobio de los líderes europeos, sino simplemente que, tras 16 años en el poder, muchos húngaros puedan querer un cambio.
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(Editado por Euractiv.com y Fernando Heller)