El pescador irlandés que detuvo la flota rusa
Una polémica previa a la invasión sobre unas maniobras navales rusas convirtió a unos pescadores en diplomáticos inesperados. Esta es la historia de Patrick Murphy y sus colegas.
Cork, IRLANDA – De pie en los muelles de Cork, donde el río Lee se ensancha para desembocar en el puerto antes de llegar al mar Céltico, Patrick Murphy recuerda el invierno en que Rusia planeó realizar maniobras militares a 240 kilómetros de la costa suroeste de Irlanda. Se atribuye el mérito de haber conseguido que nunca llegaran a celebrarse.
Originario de la diminuta isla de Heir, Murphy es el presidente de la Organización de Productores Pesqueros del Sur y Oeste de Irlanda. Divide su tiempo entre ganarse la vida en el mar y denunciar la desaparición de un sector en tierra firme.
Con las gaviotas volando en círculos sobre su cabeza, relata la cadena de acontecimientos que lo llevaron a reunirse con el embajador de Rusia en Dublín.
Rusia llamó a la puerta
«Nos enteramos de que iban a cerrar nuestro espacio aéreo y de que los rusos empezarían a lanzar munición al cielo», dice mientras abre un mapa y marca con un círculo una zona situada a 240 kilómetros de la costa suroeste, fuera de las aguas territoriales del país pero dentro de su zona económica exclusiva (ZEE), donde se permiten las operaciones internacionales, aunque siguen siendo objeto de controversia.
«Son caladeros muy importantes», dijo, señalando una red de cables de comunicaciones submarinos que atraviesan la zona. Sigue convencido de que eso despertó el interés de Moscú.
El Gobierno irlandés expresó su preocupación por las maniobras, pero afirmó que eran legales según el derecho internacional. Las autoridades ordenaron a los pescadores que se mantuvieran alejados de la zona designada.
Murphy llevó la noticia a los medios de comunicación y organizó protestas para interrumpir pacíficamente la operación militar. Un día, sonó el teléfono. Era la embajada rusa en Irlanda, que lo invitaba a una reunión.
Murphy y Brendan Byrne —presidente del grupo de presión de las empresas de procesamiento de pescado— llegaron a la embajada de Dublín el 27 de enero, rodeados por la prensa. En la puerta, los guardias les dijeron primero que se marcharan.
«Éramos gente corriente, no diplomáticos», dice riendo. «Las cámaras nos apuntaban y pensábamos: “Esto va a ser vergonzoso”». Cuando los dos se disponían a marcharse, su contacto los dejó entrar.
Una negociación inusual
Al otro lado de la mesa se encontraba el embajador ruso Yury Filatov, quien desestimó los temores sobre unas maniobras navales de poca importancia y les dijo que la verdadera amenaza para los pescadores irlandeses procedía del Brexit y de Bruselas.
«Decía: “Estáis buscando en el lugar equivocado” y “No somos vuestros enemigos”», recuerda Murphy. Le impresionó el conocimiento que tenía Filatov de las luchas locales, pero aun así le presionó sobre los ejercicios navales.
Murphy y Byrne argumentaron que las operaciones no solo perturbarían la pesca, sino que también podrían dejar una huella duradera en el medio marino, ya que la caída de vainas y otros restos dañaría los ecosistemas sensibles.
Encontraron en Filatov un interlocutor comprensivo, quien prometió transmitir sus preocupaciones al Kremlin. Apenas dos días después, el embajador anunció públicamente que Moscú había accedido a trasladar los ejercicios navales «como gesto de buena voluntad».
Murphy cree que la atención mundial convirtió los ejercicios en un quebradero de cabeza en materia de relaciones públicas para Rusia, lo que la llevó a dar marcha atrás.
«Hicieron lo más sensato porque era muy mala publicidad», afirmó.
Más de cuatro años después, sigue sacudiendo la cabeza ante todo este asunto. «Estamos participando en una película. Se está escribiendo un guion», dijo. «Podría meterme en problemas por decir algunas de estas cosas».
Se solicitaron declaraciones a la embajada rusa al respecto.
(Editado por adm, cm, ow/Euractiv.com y Luis de Zubiaurre Wagner/Euractiv.com/es)